¿Cocalandia?

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Bogotá, 8 de octubre de 2017.

La reciente masacre de campesinos en zonas veredales de Tumaco, es el fiel reflejo de todo cuanto hemos advertido y denunciado desde que se «arreglaron» los acuerdos de paz para favorecer el multimillonario negocio del narcotráfico.
Lo que está sucediendo en esta región nariñense es la representación de las consecuencias de un oscuro pacto con el gobierno, que no quiso, para conveniencia de las Farc, eliminar de ninguna manera la causa de la violencia inherente al negocio de la droga.
Bajo el manto de la noble paz que le vendieron al mundo entero, se esconde toda una mafia en la que convergen todo tipo de actores: campesinos adscritos a organizaciones sociales, guerrilleros de las Farc mal llamados «disidentes», es decir, el brazo armado y narcotraficante del recién creado grupo político, y al menos otros cinco grupos criminales en disputa por el control de la zona.
El perpetrador de la masacre en Tumaco, alias Guacho, es un miliciano de las Farc, bajo cuyas órdenes hay más de 50 guerrilleros «disidentes» que resguardan, protegen y controlan los cultivos, que se estiman en 23.000 hectáreas solamente en el área de Tumaco.
Aunque el terrorista, alias Iván Márquez haya negado públicamente que es uno de sus cómplices y haya querido tergiversar los hechos, acusándolo de paramilitar, la única verdad es que este sujeto figura en el listado entregado por las Farc y estaba «concentrado» en la Zona Veredal Transitoria de Normalización de Tumaco.
Información recibida de pobladores tumaqueños señala que las Farc se disputan el control del territorio con otras bandas criminales y usan a los lugareños como escudos humanos para evitar la erradicación de los cultivos de coca. El resultado: la trágica violencia que genera el narcotráfico, ese mismo delito que Juan Manuel Santos se empeñó cómplicemente en proteger, suspendiendo las aspersiones aéreas con glifosato y equiparándolo  ladinamente con el delito político, para hacerlo impune.
A Juan Manuel Santos ya no le quedan asideros para tantas mentiras. Descaradamente aseguró ante la ONU que las Farc «colaborarían» para eliminar el narcotráfico, al mismo tiempo que estimulaba a sus escuderos en el Congreso, para conseguir la aprobación de circunscripciones políticas especiales precisamente en las zonas en donde se cultiva coca. Lo que él en asocio con las Farc llaman «postconflicto» solo redunda en mayor violencia, en la que solo los campesinos y comunidades negras son las víctimas.
Que no se hagan ahora los sorprendidos, ni se laven las manos, porque este es el fruto de los mal llamados acuerdos de paz, que traducidos a la realidad, son pactos criminales para permitir el control de Cocalandia.
María Fernanda Cabal.

 

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