¿Caricatura o la ley del embudo?

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Bogotá, abril 09 de 2018

El episodio que el caricaturista Matador protagonizó la semana pasada, en el cual recibió un trino (que es público) con una presunta amenaza de muerte, como respuesta a sus incisivos ataques contra todo aquel que se separe de sus posturas ideológicas, da lugar a una serie de cuestionamientos de orden social y legal que bien vale la pena analizar.

La libertad de expresión ha sido un logro invaluable en la conquista por las libertades individuales, dentro de las sociedades democráticas. Y como derecho, tiene una connotación que no es exclusiva de un sector de la ciudadanía, sino de todos.

El escenario de las redes sociales ha hecho posible que cualquier persona se sienta libre de opinar, defender posturas, atacar y controvertir, incluso con insultos y agravios.

¿Por qué entonces tiene más derecho a ello un periodista, un columnista, un caricaturista o un humorista? ¿Son acaso ellos y los medios de comunicación un bloque intocable que puede lanzar un boomerang sin posibilidades de que éste se regrese? ¿Es en Colombia la censura aceptable para unos e inaceptable para otros?

¿Por qué una persona agredida mordazmente no puede reaccionar del mismo modo, sin ser perseguida y satanizada cuando el agresor entra en alguna de las categorías arriba mencionadas?

El equilibrio entre los derechos de unos y de otros se desajusta a través de caricaturas donde se pasa de la crítica a la humillación y donde se satanizan posturas. El agredido, por su parte, no tiene posibilidades de reaccionar naturalmente porque el agresor ostenta la calidad de ser el exponente del “humor y de la crítica mordaz “.

Y, sin cruzar los límites de la legalidad, ni convertir las redes sociales en escenarios de muerte, todo aquel que ataca con “inocentes” dibujos, debe tener en cuenta que está causando una posible reacción escrita en la misma dimensión de sus agravios.

Para nadie es un secreto que la caricatura en el mundo entero, representa poder detrás de un lápiz. Sin embargo, con frecuencia su arte deja de ser una clara postura de férrea oposición a las arbitrariedades de un régimen para convertirse en un mensaje de insulto, humillación o ridiculización.

Detrás del “humor” se envían toda clase de ataques agraviantes que, en muchos casos, instigan al odio e inflaman emociones.

Tradicionalmente en Colombia, la mordacidad de columnistas y dibujantes ha tenido trayectoria en la caricaturización de episodios de la política nacional. Claro ejemplo de ello fue la histórica confrontación de Klim, Lucas Caballero Calderón, con Alfonso López Michelsen, quien quiso presionar la salida del caricaturista del periódico El Tiempo por el daño que éste le hacía a su deteriorada imagen pública.

Y esos ejercicios de oposición son bienvenidos, siempre y cuando no se pretenda jugar a la victimización cuando se recibe una ofensa en respuesta. Hoy en el mundo digital y la inmediatez de las redes sociales, tanto el ofensor como el ofendido, deben tener los mismos derechos, tumbando el escenario en que el gremio periodístico actúa como un bloque gavillero, propiciando un claro desequilibrio en los derechos de todos.

Si bien defendemos la libertad de expresarse a través de la caricatura para generar opinión u oposición, no compartimos amenazas. Pero tampoco la judicialización a quienes reaccionen, dentro del mismo margen de libertad, a los ataques agraviantes.

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