La metamorfosis

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Bogotá, junio 11 de 2018

Los colombianos ya sabemos lo que significan las promesas electorales “firmadas en piedra”, como las de Juan Manuel Santos y su no intención de subir los impuestos, o las de Gustavo Petro y sus mil jardines infantiles. Aún en estas tierras latinoamericanas se pagan, a un costo muy alto, las trapisondas y engaños de las campañas electorales.
La credibilidad de un candidato no se forja a última hora ni al vaivén de las alianzas, dando volteretas de malabarista. No hay nada más certero que la firmeza y la coherencia, sostenidas y permanentes, para ganar la confianza del electorado. Los cambios intempestivos y oportunistas en temas que definen el futuro del país, parecen un juego siniestro de quienes representan la izquierda radical en Colombia.
Incoherentemente y despojándose del disfraz de “centro”, Claudia López, fórmula vicepresidencial de Fajardo, adhirió a Gustavo Petro. A pocas semanas de haberse manifestado en contra de los postulados radicales de la “Colombia Humana”, ahora está allí, cultivando sus intereses personales y olvidando los del país. “Tu tienes una historia y unos resultados que asustan”, le increpaba públicamente. “A nadie en este país se le olvida que tu trajiste a Chávez por primera vez, que hasta el año pasado defendías a Maduro y hoy, como todos los políticos, tratas de posar”, le decía.
Ahora, para poner un bálsamo a las indiscutibles posturas antidemocráticas del candidato, se inventaron tallar en piedra todo lo contrario a lo que hace muy poco fueron sus banderas de campaña, para hacerle creer a los de “centro” que Petro ya no es Petro, ni un discípulo aplicado del difunto Hugo Chávez, sino un demócrata que nunca ha querido pasar por encima de la ley.
Su pésima gestión como Alcalde de Bogotá, a la que solo aportó promesas incumplidas, corrupción y un permanente discurso incendiario de odio, demostró que lo suyo no es gobernar y ejecutar, sino engañar a través de imaginarios y anarquizar un sistema político que le permitió democráticamente acceder al poder local.
Puede ser “democrático”, o producto de un proceso de paz -que generalmente deja estropeadas y maltrechas a las víctimas y premiados a los asesinos victimarios-, pero  que un personaje con el pasado delictivo de Gustavo Petro tenga la posibilidad de ser candidato presidencial, aspirando a la más alta dignidad política de Colombia, es indignante. Algunos dirán que así ha sucedido con otros presidentes de América Latina, sin embargo, para un país que ha sufrido toda clase de formas de violencia, el relativismo moral no ayuda. Al contrario,  edifica las bases de nuevos riesgos que terminarán socavando las ya frágiles instituciones democráticas y abriendo el camino al retorno del discurso de odio y de lucha de clases que solo causan miseria y esclavitud.
Dios permita generar conciencia en muchos sectores indignados o desilusionados de la política.  Que comprendan que no es comprando un pasaje de camino cierto a la hambruna como se fomenta la prosperidad y la real inclusión de todos, sin categorizar a la sociedad en facciones y minorías irreconciliables. Y que el imperio de ley,  entendido como el deseo de las mayorías  que eligen y no como garrote del estado, es el único camino.

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