Nuestra receta criolla

Bogotá, diciembre 23 de 2018

La razón por la cual la receta socialista jamás ha funcionado, es porque su lógica va en contravía de la esencia del individuo como generador de su propia  riqueza y del desarrollo de una conciencia moral de libertad.
Quienes defienden el ideario socialista, asumen que tienen “derechos” superiores a los del resto de la sociedad y que, además, son incuestionables. Si por alguna razón, cualquiera de estos “derechos” se ve enfrentado a cuestionamientos jurídicos o políticos, automáticamente sus seguidores invierten la realidad y proyectan su imaginario en forma de persecusión o de amenaza.
Por ello, la izquierda goza de toda suerte de privilegios, al convertir sus deseos en derechos: un escenario en que son merecedores de todo y obligados a nada.
En este sentido, se entiende por qué el enfoque  socialista de la economía igualmente transgrede toda lógica de creación y autonomía.
Desde el ámbito de lo público, el “bienestar común” como objetivo a alcanzar, es delegado en unos pocos burócratas que jamás han hecho uso de su propia capacidad productiva y sin embargo, resultan siendo los apoderados de la planificación del éxito y de las oportunidades de prosperidad del resto de la sociedad.
Así, la “redistribución de la riqueza” se convierte en la fórmula mágica para combatir la desigualdad y no el diseño institucional a través de reglas claras, que eviten los abusos de posiciones dominantes, de monopolios de élites vampiras, que combatan la corrupción a la hora de competir y que garanticen la seguridad jurídica y material.
Por esta razón, una institucionalidad atrapada por intereses particulares, en conjunción con las ambiciones de los políticos de turno y aderezada en burocracia y control socialista, va en contravía de la dinámica económica propia de  oportunidades para emprender.
Un país lleno de leyes, reglas y trabas absurdas derivadas del control y de la planificación diseñada la mayoría de las veces por quienes jamás administraron una tienda, destruye la iniciativa privada y ahuyenta la inversión.
Estas reflexiones simples, que ni siquiera son de “derecha” sino de sentido común, son un campanazo para vernos por dentro. Para ventilar nuestra estrategia criolla del desarrollo, a la colombiana, con la que el Estado a través de la planificación socialista,  sólo ha servido para que élites corruptas y sin doctrina, en su ambición desmedida, le sirvan en bandeja al discurso de los pobres -muchas veces promovido entre ellos mismos- y ambienten la alternativa de “probar” la receta del vecindario.
Colombia, mi país, donde los buenos son muy buenos y los malos son muy malos, está atrapada desde hace años en la telaraña socialista, en la Patria Boba de élites ladronas y burócratas mediocres, donde atreverse a pensar diferente es una afrenta al sistema y ser anarquista es gozar de ella.

 

 

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