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Bogotá, enero 13 de 2019

El país conoció un video enviado a los medios de comunicación por el cabecilla del secretariado de las Farc alias Iván Márquez, donde abierta y descaradamente afirma que “fue un error pactar la dejación de armas antes de asegurar el acuerdo de reincorporación política, económica y social de los guerrilleros”.

En ese video, grabado desde un lugar desconocido, cita con orgullo al protagonista del mito fundacional de las Farc -y uno de los hombres que más daño le hizo a Colombia-: Manuel Marulanda, alias “Tirofijo”; y revela, además, que su esencia guerrerista aún se mantiene viva, reiterando que “las armas debían preservarse como garantía del cumplimiento de los acuerdos”.

En una postura victimizante, justificando el horror de la combinación de todas las formas de lucha, como si ésta hubiera sido esencialmente justa, olvidó el señor Márquez que las Farc no han cumplido con lo pactado.

Para la muestra, están los impresionantes hallazgos de la Fiscalía que, haciendo un rastreo de las rentas ilícitas de las Farc, detectó más de 500 predios urbanos, cinco mil bienes rurales, 207 bienes baldíos, 284 establecimientos comerciales, cerca de un millar de semovientes, unos mil automotores y, por si fuera poco, 232 activos en el exterior y evidencias de caletas de dinero.

El negocio de la guerra les resultó más rentable de lo imaginable y más fácil de sostener de lo que ellos pudieron haber planificado. ¿Acaso no eran un grupo revolucionario cuyo objetivo fundamental se afincaba en la lucha por la reivindicación del pueblo desposeído?

Las Farc, como brazo militar del Partido comunista clandestino, logró con la filigrana de un artesano, tejer la telaraña en la cual quedó el Estado y la sociedad colombiana atrapados: impunidad garantizada a través de un tribunal que maquilla la justicia, llamado JEP; verdad a través de una comisión presidida por un cura afín ideológicamente al ELN -más un séquito de corifeos de la izquierda-, sin ninguna presencia de víctimas de las Farc. Tres millones de hectáreas comprometidas supuestamente “para los campesinos”, como si nunca los hubieran desplazado y asesinado; millones de pesos comprometidos en inversión en zonas donde llenaron de sangre el país, dejando desfinanciados los programas encaminados a la atención de la inmensa mayoría de los pobres en Colombia.

Las Farc y el gobierno Santos le mintieron a los colombianos, vendiendo un escenario utópico de una paz que jamás va a llegar mientras se siga premiando el crimen y no se pague un día de cárcel.

Del paradero de Iván Márquez no se sabe nada desde julio del año pasado; no se ha presentado ante las autoridades y, curiosamente, éstas tampoco lo buscan.
Parece que existiera un macabro “pacto de silencio” donde pretenden hacer creer que hay paz mientras se burlan de sus mismos acuerdos y gritan que el gobierno les está incumpliendo.

Las disidencias se fortalecen y el país se llena de muertos en las zonas de coca y control territorial, donde ahora hay tantos grupos como nunca hubiéramos imaginado.

La paz, para la mentalidad revolucionaria, es la guerra en su esencia. Así, con disfraz de sometimiento al Estado, van poco a poco socavando las ya frágiles instituciones y nos someten a ver desde la barrera, cómo colonizan la política “legal” y mantienen sus fortines -antes ocultos y ahora exhibidos como trofeos de guerra-, para seguir en el camino de la toma del poder.

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